sábado, 22 de enero de 2011

Hablar y Escribir bien

Escribir y hablar correctamente son dos tareas que últimamente parecen enfrentarse a las nuevas tecnologías. En realidad, hay un grupo bastante importante que insiste en creer que la televisión, los mensajes de texto y otras plataformas llevan automáticamente a la catástrofe del habla en general y de la escritura en particular. 

"Eres lo que escribes, eres como escribes" propone varias cosas, entre ellas: “Escribir para entendernos: pensando en los demás y no solo en nosotros mismos. Escribir para ser una comunidad y no un simple conjunto de sectas herméticas con sus propias claves ortográficas. Escribir desde la libertad que nos da el blog, con la responsabilidad de mantener un idioma vivo y vivaz, lúcido y lúdico, vuestro y nuestro. Escribir, en definitiva, para abrirnos al mundo sin olvidar lo que fuimos, sin perder lo que somos, sin extraviar el futuro”.

Escribir y hablar bien tiene que ver con leer, con comunicarse, con prestar atención, etc., no con la plataforma. El papel no dio una mejor o peor escritura que el papiro, y la imprenta mucho menos. Los cambios tienen que ver con el uso del lenguaje, con necesidades propias del hablante en cada época y situación, y no con soportes o plataformas.

No nos vamos a ocupar de literatura sino de la lengua. Que tiene que ver con la ortografía, la morfología, la sintaxis y también con la semántica. La lengua no es solo la base, la herramienta o el esqueleto de la literatura. La lengua tiene vida propia y hace al sentido.

El español, es un idioma rico en contenido, belleza y significación. Caracteres y recursos gramaticales se combinan y conjugan para ser la vía de expresión de mis impresiones vitales. Es a través de él en particular y del lenguaje en general, que puedo llegar a conocer al “mundo” que me rodea, a las circunstancias de mi existencia, a lo que “es” y conocer también a lo abstracto, a lo intangible, a lo que “no es”. Al nombrar cada cosa, al atribuirle una pronunciación, una semántica, la voy “asiendo”, la voy incorporando, la hago mía y a medida que mi universo se expande y mis conocimientos crecen, mis palabras abundan y se llenan de significancia y sentido.

Y por esa experiencia maravillosa de entendimiento y amplitud trato de perfeccionar mi uso del lenguaje, que, por no ser docta en la materia, me insume un esfuerzo extra que, no obstante, considero indispensable. Así, para agrandar mi léxico indago en los conceptos para encontrar aquel que más se acerque a lo que quiero decir y tengo claro que algunos de ellos, aunque me parezcan semejantes, no quieren decir lo mismo. Y no quiero caer en el caso contrario, es decir manejar solo conceptos elementales, que hagan que mi posibilidad de conocimiento se achique y mi universo se limite o se contraiga. Esta gimnasia mental me posibilita generar orden en el bullente mundo de mis pensamientos y por correlación ser mas prolija en mis acciones. 

En defensa de esta idea, tengo la sana costumbre de corregir a los demás cuando hablan o escriben mal, porque lo considero una muestra de interés tanto por el lenguaje como por el otro, ya que lo hago con el único y desinteresado fin de respetar el idioma y su belleza, a más de contribuir a la superación personal.

A pesar de esto, no siempre esta acción es tomada en su real sentido y generalmente causa molestias, la defensiva más común es: “- mientras se entienda lo que quise decir, está bien!” y no, no está bien. Puede ser que me dé a entender, pero no en la totalidad de expresiones que posee mi ser y así suceder que lo que quiera decir, llegue a mi interlocutor de manera deficiente o absolutamente deformada. Donde yo crea que fui claro y  el otro crea que me entendió bien pero en realidad estemos muy desconectados. No es azaroso que la violencia surja allí donde la comunicación está ausente, y además porque aunque pueda darme a entender de muchas maneras que prescindan del lenguaje, no podría lograr, y gozar, del proceso imaginativo y creador de darle forma a las ideas y representarlas en su dimensión cabal.

Por esto, tengo miedo de las concesiones, de que se vuelva habitual pensar que es indistinto hablar bien que mal; escribir correctamente que hacerlo sin respetar los elementos gramaticales y la secuencia semántica de cada frase. Que se banalice la riqueza estética del lenguaje correctamente empleado y de su utilidad integradora para transformarlo en monosílabos, fallos o palabras sueltas, que solo me sirvan a mí pero que entorpezcan el modo de relacionarme con mi entorno. Que se invierta el proceso que motivó su perfeccionamiento a través de los años: lograr un sistema comunicativo eficaz que en estructura y en función nos integre en una unidad de comprensión y sentido.

A este fin subrayo insistentemente la importancia de la lectura. Leer novelas, cuentos, historias, noticias, crónicas, artículos, lo que sea pero leer. Particularmente me gusta mucho leer poesías y lo recomiendo. Sobre todo porque admiro a quienes tiene esa calidad autoral de poder combinar las palabras con melodías, impregnarlas de sentimientos, subjetividad, emoción, sensibilidad, fantasía y por si fuera poco, aunarlas con una historia.
Tengo varias grabadas en mi memoria y en esos momentos en que mi interior me reclama un estímulo las recito pausadamente, repasando cada frase, desglosando su esencia e intención, y es mi sentir que, al partir ellas de mí, al liberarse, me proveen de un nuevo destino: ser un instrumento de musicalidad y revelación.

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